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Feb 4, 2026 | Bienestar

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Hablar de prostitución y pornografía, generalmente, polariza a la sociedad. La mayoría de las personas no admite haber consumido alguno de estos servicios por temor al repudio. Entonces, ¿cómo es que tales actividades conforman el segundo negocio más lucrativo del mundo?

Sin importar la edad, creencias, género o nivel socioeconómico al que pertenezcas, temas como prostitución y pornografía no dejan impávidos a nadie. Son dos tópicos cargados de connotaciones negativas y matices oscuros por todo lo que implican.

En el ámbito moral y religioso, la práctica y desde luego, el consumo de este par, son altamente señalados como conductas viciosas –por ende, reprobables– al desacralizar al cuerpo y profanar el camino de la virtud.

No obstante, en el marco legal y cultural el enfoque parece ser distinto: regular tales actividades evita que organizaciones criminales se apoderen de tales ámbitos, brindando –además– opciones de seguridad social, como el acceso a la salud y las pensiones para el retiro de los sexoservidores, como sucede en los Países Bajos, Nueva Zelanda y Bélgica.

Estas naciones han decidido no solo proteger a los vendedores sexuales, sino también a los clientes, por dos motivos: llevar un registro pleno en materia fiscal y legal de cuántas personas se dedican al oficio más antiguo del mundo, a la par de contabilizar la derrama económica derivada de estas actividades.

Paralelamente, garantizan al erotismo como parte vital del desarrollo exitoso de una persona, por lo cual no tiene que esconder sus necesidades entre callejones o portales web.

Sin embargo, existen otras naciones que si bien protegen a los sexoservidores, condenan en cambio a los consumidores por realizar prácticas “ilegales”, cayendo en el neoabolicionismo. Se trata de una legislación que permite la venta de sexo por parte de personas mayores de edad, pero criminaliza la presencia de burdeles u otros foros en los que se ejecuten tales actividades de forma abierta a cambio de una justa remuneración económica.

Naturalmente, al seguir siendo el consumo de tales servicios una actividad castigada, se está perpetuando el mercado negro, convirtiendo a la trata de personas y la creación de “zonas de tolerancia” en respuestas colaterales a la no despenalización del consumo de la pornografía y la prostitución.

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Neoabolicionismo: el arte de hacernos “la vista gorda”

Cuando un Estado opera bajo el lema “Lo que no está prohibido, está permitido”, favorece la doble moral en su sociedad, pues al no tener una postura clara en su hacer y actuar, permite conducirse con ambigüedad. Para muestra un botón: en México, desde el año 2014, el Juzgado Primero de Distrito en Materia Administrativa en el Distrito Federal reconoció que la prostitución es una forma de trabajo más. Sin embargo, no despenalizó el consumo de prostitución, por lo que si una persona intenta buscar sexo a cambio de dinero puede ser remitida a algún ministerio público por faltas a la moral, cayendo en este juego del neobolicionismo. Dicho en otros términos: “Sí, pero no”.

Si bien ya se reconoce que la prostitución ejercida libremente, y por personas mayores de edad, debe considerarse un oficio más amparado por la libertad de trabajo, como lo declara el artículo 5º de la Constitución, la realidad es otra. El estigma social que impera dentro y fuera de las organizaciones impide que tanto prostitutas como gigolós no cuentan con derechos ni reconocimiento a su trabajo, por lo cual no son candidatos a un crédito hipotecario, seguro de vida o asistencia pública en el sector salud, etcétera.

De manera que opciones como transmisión de material erótico en casa vía Only Fans y otras plataformas de corte pornográfico, son algunas de las posibilidades que les quedan a los sexoservidores independientes, para seguir operando y –por ende– monetizando de forma “honorable”.

Por lo tanto, cada vez que se busque cancelar una actitud o actividad que sea vital para el ser humano, esta resurgirá sintomáticamente en otra área. Un ejemplo en este caso resulta el campo de la tecnología, donde cada vez más las personas comparten material explícito por diversión y dinero. Tan solo en el año 2021, de acuerdo a la ONU, se estima que la práctica de la prostitución facturó alrededor de 108,000 millones de dólares (según los sitios y las empresas que declararon sus ingresos de forma regular). No obstante, al margen de lo fiscalizado de manera reglamentaria, el volumen económico que percibe el mercado negro es incalculable, lo que evidencia que el marco legal se queda corto ante la complejidad creciente que plantean tales actividades.

Pero, ¿qué entendemos por prostitución?

“Esta palabrita tan usada, y la actividad a la que refiere, debieran replantearse. Las prostitutas y los gigolós son genuinos médicos y artistas al liberar la tensión social y biológica de miles de personas que están impedidas por una u otra razón. Piensa tú en la cantidad de seres humanos que sufren malformaciones genéticas, así como emocionales, incapaces de performar sexualmente si no fuera por las meretrices o los prostitutos. De otra forma, jamás experimentarían el contacto físico. Lo digo con conocimiento de causa: mi hermano quedó mutilado en un accidente aéreo en su juventud, perdiendo las piernas y una mano. Luego de esto, su mujer lo dejó, decayendo su ánimo por completo. Fue así cómo el consumo de prostitución se convirtió en su única opción para intimar con una mujer más allá de lo carnal. Él lo que deseaba eran mimos y compañía, algo que nadie más estaba dispuesto a dar como sociedad”. — Ernestine Kowalska, activista y defensora de los derechos humanos durante el periodo de la ocupación soviética en Polonia.

Si bien nadie nace queriendo ser tal o cual cosa, ¿qué tal si tus intereses te empujan por los caminos menos transitados y, en consecuencia, más penosos? “Un artista no es distinto de una prostituta, los dos requerimos técnica y capacidad interpretativa”, expresó alguna vez Paul Gauguin a su homólogo e íntimo amigo Alphonse Mucha en una carta, luego de recordar con añoranza su tiempo de vagancia en el trópico americano. En ese sentido, Gauguin no estaba errado, ya que para ser prostituta o gigoló, además de todo, se requieren agallas.

No obstante, estrictamente hablando, la prostitución está tipificada como el intercambio libre y consentido por dos individuos adultos de sostener relaciones sexuales, y asumir uno o varios roles, para generar placer en el otro con fines lucrativos.


En la cultura popular

La prostitución sagrada
El antropólogo inglés James Frazer es uno de los autores más interesantes en el tratamiento del tema, al acumular una serie de referencias del mundo antiguo, comprobando la existencia de la prostitución cúltica entre diferentes pueblos como los mesopotámicos, los helenos, los romanos e incluso los mesoamericanos, en su colosal obra La rama dorada. Allí el autor devela el poder y el valor que tienen la sexualidad y el erotismo en el intercambio de bienes, más allá de los materiales. Porque, desde luego, el cuerpo también es un templo para elevar plegarias al cielo.

Belle du Jour
Una de la cintas más polémicas en la extensa y exquisita carrera del cineasta español Luis Buñuel, fue precisamente el filme Belle du Jour, protagonizada por la jovencísima Catherine Deneuve. En esa misma interpreta a una mujer casada de clase alta con un apuesto médico cirujano, por el cual no siente nada. Tras experimentar la degradación de su cuerpo, solo así puede obtener la paz mental y el goce sexual que tanto había esperado en su vida. Naturalmente, todo está situado en un ambiente plagado de opulencia y possurrealismo en la década de los 60.


Si ayudan tanto la prostitución y la pornografía ¿cómo es que generan a su vez tumultuosa molestia?

Le preguntamos a Óscar Larrauri –terapeuta de parejas en Tijuana, Baja California, psicólogo solicitado frecuentemente por las parejas heterosexuales de mediana edad– y esto nos dijo: “Lo que genera cólera es la impotencia de saber que no fuimos capaces de dar goce a nuestro amado por uno u otro motivo. Cada vez que una pareja es pillada con un amante, contenido porno o sexoservidor, lo que indigna es saber que nuestro novio o esposa es capaz de satisfacer fantasías, anhelos o sueños con alguien que no somos nosotros y eso es una estocada al ego. Por eso, obtener el perdón tras una infidelidad es de las acciones más generosas y difíciles de conseguir”.

Continúa el experto: “El tabú es el principio de la desconfianza. Cuando una persona sale a buscar sexo en otra parte, evidencia que en lo doméstico no está siendo saciado y por ello actúa a hurtadillas. Factores como la falta de comunicación y la resistencia a explorar otras formas del erotismo, regularmente conducen a una persona hacia el consumo de pornografía o prostitución”.

Finaliza Larrauri, quien afirma que entre más se visibilice el malestar es posible hacer cambios drásticos en la agenda pública y jurídica: “Desde luego, la prostitución tiene cosas terribles. Su existencia es la consecuencia de un acto de dominación, donde el que funge como amo se conduce de forma artera, ponderando su goce por encima de todo, cometiendo atropellos deleznables a su paso. En la actualidad, considero que se ha normalizado el consumo de prostitución y pornografía, ya no está tan demonizada como antes. Lo que molesta e indigna es que miles de personas sean sometidas contra su voluntad a situaciones límite sin remuneración alguna, en condiciones de lesa humanidad, etcétera”.

La era de la higiene

Con la aparición de enfermedades venéreas a lo largo del tiempo, con especial énfasis a finales del siglo XVIII, la medicina y el derecho evolucionaron cualitativamente al replantear “mejores prácticas” para deshacerse de las molestias derivadas de la prostitución, como la sífilis, los condilomas y otros padecimientos físico-morales que, por promiscuidad e ignorancia, comenzaron a agobiar a miles de personas en todos los ámbitos de la sociedad. Estandarizar las prácticas sexuales en burdeles y calles de Europa, así como en América, fue prioridad para frenar las muertes tempranas de centenares de “hombres respetables” encontrados en el acto, apareciendo así códigos para las zonas de tolerancia, tratamientos y clínicas para los infectados, así como tipificaciones legales para el lenocinio y sus víctimas, los que se extenderían hasta entrado el siglo XX.


Su pasado no los detiene

Estas celebridades no esconden que la prostitución fue un peldaño más para colocarse donde sí deseaban estar.

John Hamm
El guapísimo actor ojiverde no oculta en absoluto que durante su juventud temprana tuvo problemas de adicciones y participó en la industria del porno para sostenerse mientras conseguía un papel en Hollywood. A pesar de que su estancia fue breve y de algún modo no hizo nada “escandaloso”, ese tránsito por la industria erótica fue lo suficientemente desoladora para salir huyendo de ahí.

Cardi B
La multigalardonada y querida cantante de origen dominicano jamás se avergüenza de contar que gracias a los strip clubs pudo cobrar su autoestima al dedicarse al baile, someterse cirugía plástica para tener una silueta más atractiva y, finalmente, juntar el dinero suficiente para grabar su primer demo como cantante.

Wendy Guevara
La ganadora del reality show La casa de los famosos, Wendy Guevara, es uno de los íconos de resiliencia más grandes que podamos tener en la actualidad. La mexicana de origen humilde, hoy celebridad e influencer de los medios, comenzó su camino hacia la transexualidad trabajando en toda clase de empleos, desde afanadora hasta prostituta, para poderse sostener junto con otras chicas en su condición. Se volvió viral al momento de salir a la luz un video de ella y su amiga Paola Suárez (hoy convertida en influencer también), en el cual gritaban “¡Estamos perdidas!”, luego de ser brevemente abandonadas por sus acompañantes en la mitad de la nada de un cerro. Dicho clip, nacido en la espontaneidad del momento, se convirtió en el mejor video en la categoría Lords & Ladies en los MTV MIAW de 2017, y el resto es historia. En el presente, Guevara es portada de varias revistas nacionales e internacionales, e imagen de la app de citas Tinder como guía espiritual para todas aquellas “almas perdidas por el amor”.


¿Cuál es la actitud correcta hacia la pornografía y la prostitución?

El reconocimiento de nuestras carencias y necesidades es el origen del cambio. Desde hace más de medio siglo, el psicólogo estadounidense Abraham Maslow dejó explícito por medio de su esquema, La pirámide de Maslow, la baza en la que los humanos alcanzamos posiciones superiores, empezando por las fisiológicas hasta las de autorrealización. Son dos extremos que van desde lo más elemental, como comer y tener sexo, hasta haber encontrado el significado de la vida.

En ese sentido, siguiendo el diagrama, cuando nos falta algo tan vital como el contacto humano, lo demás es imposible de alcanzar, por lo que si el consumo de material erótico nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida, es perfectamente válido. De poco o nada sirve seguir negando que vemos pelis o dibujos pornográficos; las representaciones del cuerpo son expresiones inherentes a los seres humanos desde siempre.

Su presencia puede ser un remedio o veneno, según se vea, ya que puede estimular la imaginación, liberar tensión e incluso resulta un aliado en la búsqueda de chispa en parejas que ya no sienten lo de antes.

El primer paso es aceptar lo siguiente

★ Nos excita nuestro cuerpo y el de otros
★ El descubrimiento de material erótico nos acerca a saber qué nos gusta y cómo nos agradaría ser seducidos
★ Finalmente, hasta dónde vamos a llegar por recibir placer

Una vez planteadas todas estas afirmaciones, quedan atrás los tabúes para dar pie a acciones muy concretas. Por consecuencia, madurar como sociedad es aceptar que vemos pornografía y consumimos prostitución. No importa que seas hombre o mujer, ambos sexos disfrutan de los encuentros carnales; la única diferencia es que a uno se le permite desear, mientras que del otro se espera que represente al objeto de deseo.

Las mujeres sí ven porno, se masturban y también consumen prostitución

Por si no fuera poco haber hecho un recorrido apologético sobre dos actividades que se relegan a la oscuridad de la habitación, había que mencionar lo que es más tabú que todo lo anterior. Sí, las mujeres también disfrutan el contenido sexual explícito en todos sus formatos.

La sociedad se ha encargado de castrar al sexo femenino para que esta no ostente el poder que por naturaleza le ha sido dado, sometiendo su fertilidad, belleza y reproducción a la heteronormatividad coitocentrista. En ese ámbito es impensable imaginar que una mujer pueda excitarse por tocarse sola, buscar ayuda de un profesional cuando el tálamo es frío y ni hablar de expresarse con libertad sobre sus deseos.

Por esto, cuando más mujeres aceptan que son seres deseantes, y no únicamente objetos de deseo, se descentraliza el placer. Ya no se trata de una masa con orificios y protuberancias que se somete a la falocracia, sino que descosifica el sexo, deja de ser una moneda de cambio para ser parte de roles más activos como plenos.

“Cuando me mudé a Barcelona en 2006, tuve una epifanía: filmar porno para mujeres donde siempre haya consentimiento, se deconstruyan roles típicos como ser penetrador/penetrado o activo/pasivo por otras más plurales”, reveló en entrevista Ericka Lust, realizadora y guionista de cine para adultos, cuyo enfoque de un cine más ético (sexualmente hablando) ha cambiado favorablemente a la industria pornográfica, abocada –principalmente y a lo largo de la historia– hacia los hombres.

En consecuencia, cuanta mayor sea la oferta disponible, será mayor el diálogo. En la actualidad, más chicas en edad reproductiva admiten ver material erótico como parte de su formación sexual para aprender trucos e inspiración en la cama. “Al principio me parecía sucio y denigrante ver pornografía por todo lo que implica, pero dentro del espectro hay muchas opciones, como películas que recrean fantasías que difícilmente van a materializarse y eso es uno de los aspectos agradables del porno”. — Daniela Padilla, estudiante universitaria.

En suma, desfogarse no tiene nada de malo, es otra forma de sobrellevar la carga del día a día y explorar temas poco tratados o difíciles de abordar. Ver porno, masturbarse y tener sexo por dinero, son algunas de las expresiones del erotismo que permiten al individuo sincerarse sobre sus preferencias y alcances; estas opciones son algunos de los registros posibles para superar la timidez o el escozor que nos carcome. ★

Hablar de prostitución y pornografía, generalmente, polariza a la sociedad. La mayoría de las personas no admite haber consumido alguno de estos servicios por temor al repudio. Entonces, ¿cómo es que tales actividades conforman el segundo negocio más lucrativo del mundo?

Sin importar la edad, creencias, género o nivel socioeconómico al que pertenezcas, temas como prostitución y pornografía no dejan impávidos a nadie. Son dos tópicos cargados de connotaciones negativas y matices oscuros por todo lo que implican.

En el ámbito moral y religioso, la práctica y desde luego, el consumo de este par, son altamente señalados como conductas viciosas –por ende, reprobables– al desacralizar al cuerpo y profanar el camino de la virtud.

No obstante, en el marco legal y cultural el enfoque parece ser distinto: regular tales actividades evita que organizaciones criminales se apoderen de tales ámbitos, brindando –además– opciones de seguridad social, como el acceso a la salud y las pensiones para el retiro de los sexoservidores, como sucede en los Países Bajos, Nueva Zelanda y Bélgica.

Estas naciones han decidido no solo proteger a los vendedores sexuales, sino también a los clientes, por dos motivos: llevar un registro pleno en materia fiscal y legal de cuántas personas se dedican al oficio más antiguo del mundo, a la par de contabilizar la derrama económica derivada de estas actividades.

Paralelamente, garantizan al erotismo como parte vital del desarrollo exitoso de una persona, por lo cual no tiene que esconder sus necesidades entre callejones o portales web.

Sin embargo, existen otras naciones que si bien protegen a los sexoservidores, condenan en cambio a los consumidores por realizar prácticas “ilegales”, cayendo en el neoabolicionismo. Se trata de una legislación que permite la venta de sexo por parte de personas mayores de edad, pero criminaliza la presencia de burdeles u otros foros en los que se ejecuten tales actividades de forma abierta a cambio de una justa remuneración económica.

Naturalmente, al seguir siendo el consumo de tales servicios una actividad castigada, se está perpetuando el mercado negro, convirtiendo a la trata de personas y la creación de “zonas de tolerancia” en respuestas colaterales a la no despenalización del consumo de la pornografía y la prostitución.

Neoabolicionismo: el arte de hacernos “la vista gorda”

Cuando un Estado opera bajo el lema “Lo que no está prohibido, está permitido”, favorece la doble moral en su sociedad, pues al no tener una postura clara en su hacer y actuar, permite conducirse con ambigüedad. Para muestra un botón: en México, desde el año 2014, el Juzgado Primero de Distrito en Materia Administrativa en el Distrito Federal reconoció que la prostitución es una forma de trabajo más. Sin embargo, no despenalizó el consumo de prostitución, por lo que si una persona intenta buscar sexo a cambio de dinero puede ser remitida a algún ministerio público por faltas a la moral, cayendo en este juego del neobolicionismo. Dicho en otros términos: “Sí, pero no”.

Si bien ya se reconoce que la prostitución ejercida libremente, y por personas mayores de edad, debe considerarse un oficio más amparado por la libertad de trabajo, como lo declara el artículo 5º de la Constitución, la realidad es otra. El estigma social que impera dentro y fuera de las organizaciones impide que tanto prostitutas como gigolós no cuentan con derechos ni reconocimiento a su trabajo, por lo cual no son candidatos a un crédito hipotecario, seguro de vida o asistencia pública en el sector salud, etcétera.

De manera que opciones como transmisión de material erótico en casa vía Only Fans y otras plataformas de corte pornográfico, son algunas de las posibilidades que les quedan a los sexoservidores independientes, para seguir operando y –por ende– monetizando de forma “honorable”.

Por lo tanto, cada vez que se busque cancelar una actitud o actividad que sea vital para el ser humano, esta resurgirá sintomáticamente en otra área. Un ejemplo en este caso resulta el campo de la tecnología, donde cada vez más las personas comparten material explícito por diversión y dinero. Tan solo en el año 2021, de acuerdo a la ONU, se estima que la práctica de la prostitución facturó alrededor de 108,000 millones de dólares (según los sitios y las empresas que declararon sus ingresos de forma regular). No obstante, al margen de lo fiscalizado de manera reglamentaria, el volumen económico que percibe el mercado negro es incalculable, lo que evidencia que el marco legal se queda corto ante la complejidad creciente que plantean tales actividades.

Pero, ¿qué entendemos por prostitución?

“Esta palabrita tan usada, y la actividad a la que refiere, debieran replantearse. Las prostitutas y los gigolós son genuinos médicos y artistas al liberar la tensión social y biológica de miles de personas que están impedidas por una u otra razón. Piensa tú en la cantidad de seres humanos que sufren malformaciones genéticas, así como emocionales, incapaces de performar sexualmente si no fuera por las meretrices o los prostitutos. De otra forma, jamás experimentarían el contacto físico. Lo digo con conocimiento de causa: mi hermano quedó mutilado en un accidente aéreo en su juventud, perdiendo las piernas y una mano. Luego de esto, su mujer lo dejó, decayendo su ánimo por completo. Fue así cómo el consumo de prostitución se convirtió en su única opción para intimar con una mujer más allá de lo carnal. Él lo que deseaba eran mimos y compañía, algo que nadie más estaba dispuesto a dar como sociedad”. — Ernestine Kowalska, activista y defensora de los derechos humanos durante el periodo de la ocupación soviética en Polonia.

Si bien nadie nace queriendo ser tal o cual cosa, ¿qué tal si tus intereses te empujan por los caminos menos transitados y, en consecuencia, más penosos? “Un artista no es distinto de una prostituta, los dos requerimos técnica y capacidad interpretativa”, expresó alguna vez Paul Gauguin a su homólogo e íntimo amigo Alphonse Mucha en una carta, luego de recordar con añoranza su tiempo de vagancia en el trópico americano. En ese sentido, Gauguin no estaba errado, ya que para ser prostituta o gigoló, además de todo, se requieren agallas.

No obstante, estrictamente hablando, la prostitución está tipificada como el intercambio libre y consentido por dos individuos adultos de sostener relaciones sexuales, y asumir uno o varios roles, para generar placer en el otro con fines lucrativos.


En la cultura popular

La prostitución sagrada
El antropólogo inglés James Frazer es uno de los autores más interesantes en el tratamiento del tema, al acumular una serie de referencias del mundo antiguo, comprobando la existencia de la prostitución cúltica entre diferentes pueblos como los mesopotámicos, los helenos, los romanos e incluso los mesoamericanos, en su colosal obra La rama dorada. Allí el autor devela el poder y el valor que tienen la sexualidad y el erotismo en el intercambio de bienes, más allá de los materiales. Porque, desde luego, el cuerpo también es un templo para elevar plegarias al cielo.

Belle du Jour
Una de la cintas más polémicas en la extensa y exquisita carrera del cineasta español Luis Buñuel, fue precisamente el filme Belle du Jour, protagonizada por la jovencísima Catherine Deneuve. En esa misma interpreta a una mujer casada de clase alta con un apuesto médico cirujano, por el cual no siente nada. Tras experimentar la degradación de su cuerpo, solo así puede obtener la paz mental y el goce sexual que tanto había esperado en su vida. Naturalmente, todo está situado en un ambiente plagado de opulencia y possurrealismo en la década de los 60.


Si ayudan tanto la prostitución y la pornografía ¿cómo es que generan a su vez tumultuosa molestia?

Le preguntamos a Óscar Larrauri –terapeuta de parejas en Tijuana, Baja California, psicólogo solicitado frecuentemente por las parejas heterosexuales de mediana edad– y esto nos dijo: “Lo que genera cólera es la impotencia de saber que no fuimos capaces de dar goce a nuestro amado por uno u otro motivo. Cada vez que una pareja es pillada con un amante, contenido porno o sexoservidor, lo que indigna es saber que nuestro novio o esposa es capaz de satisfacer fantasías, anhelos o sueños con alguien que no somos nosotros y eso es una estocada al ego. Por eso, obtener el perdón tras una infidelidad es de las acciones más generosas y difíciles de conseguir”.

Continúa el experto: “El tabú es el principio de la desconfianza. Cuando una persona sale a buscar sexo en otra parte, evidencia que en lo doméstico no está siendo saciado y por ello actúa a hurtadillas. Factores como la falta de comunicación y la resistencia a explorar otras formas del erotismo, regularmente conducen a una persona hacia el consumo de pornografía o prostitución”.

Finaliza Larrauri, quien afirma que entre más se visibilice el malestar es posible hacer cambios drásticos en la agenda pública y jurídica: “Desde luego, la prostitución tiene cosas terribles. Su existencia es la consecuencia de un acto de dominación, donde el que funge como amo se conduce de forma artera, ponderando su goce por encima de todo, cometiendo atropellos deleznables a su paso. En la actualidad, considero que se ha normalizado el consumo de prostitución y pornografía, ya no está tan demonizada como antes. Lo que molesta e indigna es que miles de personas sean sometidas contra su voluntad a situaciones límite sin remuneración alguna, en condiciones de lesa humanidad, etcétera”.

La era de la higiene

Con la aparición de enfermedades venéreas a lo largo del tiempo, con especial énfasis a finales del siglo XVIII, la medicina y el derecho evolucionaron cualitativamente al replantear “mejores prácticas” para deshacerse de las molestias derivadas de la prostitución, como la sífilis, los condilomas y otros padecimientos físico-morales que, por promiscuidad e ignorancia, comenzaron a agobiar a miles de personas en todos los ámbitos de la sociedad. Estandarizar las prácticas sexuales en burdeles y calles de Europa, así como en América, fue prioridad para frenar las muertes tempranas de centenares de “hombres respetables” encontrados en el acto, apareciendo así códigos para las zonas de tolerancia, tratamientos y clínicas para los infectados, así como tipificaciones legales para el lenocinio y sus víctimas, los que se extenderían hasta entrado el siglo XX.


Su pasado no los detiene

Estas celebridades no esconden que la prostitución fue un peldaño más para colocarse donde sí deseaban estar.

John Hamm
El guapísimo actor ojiverde no oculta en absoluto que durante su juventud temprana tuvo problemas de adicciones y participó en la industria del porno para sostenerse mientras conseguía un papel en Hollywood. A pesar de que su estancia fue breve y de algún modo no hizo nada “escandaloso”, ese tránsito por la industria erótica fue lo suficientemente desoladora para salir huyendo de ahí.

Cardi B
La multigalardonada y querida cantante de origen dominicano jamás se avergüenza de contar que gracias a los strip clubs pudo cobrar su autoestima al dedicarse al baile, someterse cirugía plástica para tener una silueta más atractiva y, finalmente, juntar el dinero suficiente para grabar su primer demo como cantante.

Wendy Guevara
La ganadora del reality show La casa de los famosos, Wendy Guevara, es uno de los íconos de resiliencia más grandes que podamos tener en la actualidad. La mexicana de origen humilde, hoy celebridad e influencer de los medios, comenzó su camino hacia la transexualidad trabajando en toda clase de empleos, desde afanadora hasta prostituta, para poderse sostener junto con otras chicas en su condición. Se volvió viral al momento de salir a la luz un video de ella y su amiga Paola Suárez (hoy convertida en influencer también), en el cual gritaban “¡Estamos perdidas!”, luego de ser brevemente abandonadas por sus acompañantes en la mitad de la nada de un cerro. Dicho clip, nacido en la espontaneidad del momento, se convirtió en el mejor video en la categoría Lords & Ladies en los MTV MIAW de 2017, y el resto es historia. En el presente, Guevara es portada de varias revistas nacionales e internacionales, e imagen de la app de citas Tinder como guía espiritual para todas aquellas “almas perdidas por el amor”.


¿Cuál es la actitud correcta hacia la pornografía y la prostitución?

El reconocimiento de nuestras carencias y necesidades es el origen del cambio. Desde hace más de medio siglo, el psicólogo estadounidense Abraham Maslow dejó explícito por medio de su esquema, La pirámide de Maslow, la baza en la que los humanos alcanzamos posiciones superiores, empezando por las fisiológicas hasta las de autorrealización. Son dos extremos que van desde lo más elemental, como comer y tener sexo, hasta haber encontrado el significado de la vida.

En ese sentido, siguiendo el diagrama, cuando nos falta algo tan vital como el contacto humano, lo demás es imposible de alcanzar, por lo que si el consumo de material erótico nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida, es perfectamente válido. De poco o nada sirve seguir negando que vemos pelis o dibujos pornográficos; las representaciones del cuerpo son expresiones inherentes a los seres humanos desde siempre.

Su presencia puede ser un remedio o veneno, según se vea, ya que puede estimular la imaginación, liberar tensión e incluso resulta un aliado en la búsqueda de chispa en parejas que ya no sienten lo de antes.

El primer paso es aceptar lo siguiente

★ Nos excita nuestro cuerpo y el de otros
★ El descubrimiento de material erótico nos acerca a saber qué nos gusta y cómo nos agradaría ser seducidos
★ Finalmente, hasta dónde vamos a llegar por recibir placer

Una vez planteadas todas estas afirmaciones, quedan atrás los tabúes para dar pie a acciones muy concretas. Por consecuencia, madurar como sociedad es aceptar que vemos pornografía y consumimos prostitución. No importa que seas hombre o mujer, ambos sexos disfrutan de los encuentros carnales; la única diferencia es que a uno se le permite desear, mientras que del otro se espera que represente al objeto de deseo.

Las mujeres sí ven porno, se masturban y también consumen prostitución

Por si no fuera poco haber hecho un recorrido apologético sobre dos actividades que se relegan a la oscuridad de la habitación, había que mencionar lo que es más tabú que todo lo anterior. Sí, las mujeres también disfrutan el contenido sexual explícito en todos sus formatos.

La sociedad se ha encargado de castrar al sexo femenino para que esta no ostente el poder que por naturaleza le ha sido dado, sometiendo su fertilidad, belleza y reproducción a la heteronormatividad coitocentrista. En ese ámbito es impensable imaginar que una mujer pueda excitarse por tocarse sola, buscar ayuda de un profesional cuando el tálamo es frío y ni hablar de expresarse con libertad sobre sus deseos.

Por esto, cuando más mujeres aceptan que son seres deseantes, y no únicamente objetos de deseo, se descentraliza el placer. Ya no se trata de una masa con orificios y protuberancias que se somete a la falocracia, sino que descosifica el sexo, deja de ser una moneda de cambio para ser parte de roles más activos como plenos.

“Cuando me mudé a Barcelona en 2006, tuve una epifanía: filmar porno para mujeres donde siempre haya consentimiento, se deconstruyan roles típicos como ser penetrador/penetrado o activo/pasivo por otras más plurales”, reveló en entrevista Ericka Lust, realizadora y guionista de cine para adultos, cuyo enfoque de un cine más ético (sexualmente hablando) ha cambiado favorablemente a la industria pornográfica, abocada –principalmente y a lo largo de la historia– hacia los hombres.

En consecuencia, cuanta mayor sea la oferta disponible, será mayor el diálogo. En la actualidad, más chicas en edad reproductiva admiten ver material erótico como parte de su formación sexual para aprender trucos e inspiración en la cama. “Al principio me parecía sucio y denigrante ver pornografía por todo lo que implica, pero dentro del espectro hay muchas opciones, como películas que recrean fantasías que difícilmente van a materializarse y eso es uno de los aspectos agradables del porno”. — Daniela Padilla, estudiante universitaria.

En suma, desfogarse no tiene nada de malo, es otra forma de sobrellevar la carga del día a día y explorar temas poco tratados o difíciles de abordar. Ver porno, masturbarse y tener sexo por dinero, son algunas de las expresiones del erotismo que permiten al individuo sincerarse sobre sus preferencias y alcances; estas opciones son algunos de los registros posibles para superar la timidez o el escozor que nos carcome. ★