Lady Black

Aug 7, 2026 | Destacado, Personajes

Síguenos 

Mexico

El taco es uno de los grandes protagonistas de la cocina mexicana: una preparación que, a través de los años, ha pasado de los mercados y puestos callejeros a restaurantes que exploran nuevas formas de entenderlo

Olfativa

En los últimos años, la industria de la perfumería ha encontrado nuevas formas de conectar con el público a través de la nostalgia.

Pasta fresca

Hay lugares que no buscan hacer demasiado ruido para convertirse en un buen plan. Zimo parte de una idea sencilla: reunir pasta fresca, vino italiano, coctelería y música en un espacio relajado, donde la gastronomía y la atmósfera tengan el mismo peso

Verano

El verano tiene una manera particular de cambiar la dinámica de cualquier reunión. Las tardes se alargan, las sobremesas se vuelven más espontáneas y una bebida fría puede convertirse en el punto de partida de una buena conversación.

Quinta

Hay marcas que entienden el maquillaje como algo más que una colección de productos. Desde finales de los noventa, KIKO Milano ha construido su identidad alrededor de esa idea, mezclando el diseño italiano con la experimentación, el color y una visión de la belleza menos rígida

El arte de comenzar de nuevo

Algunas historias comienzan con una maleta; otras, con una taza de café y una conversación entre amigas. Hannia Gisselle nos abre las puertas de su universo para hablar sobre feminidad, moda, intuición y el camino que la llevó a construir una comunidad desde la autenticidad. Una historia sobre crecer, reinventarse y encontrar propósito en cada paso.

bleu

Azul Guaita protagoniza la nueva campaña de Vogue Eyewear inspirada en la autoexpresión

Rosa

Síguenos  En los últimos años, la hidratación se ha consolidado como uno de los pilares fundamentales del cuidado de la piel. Lejos de ser un paso reservado para las pieles secas, hoy los especialistas coinciden en que mantener un buen nivel de hidratación es esencial...

Gemas

Síguenos  Durante siglos, los cristales han formado parte de distintas tradiciones espirituales como símbolos de protección, equilibrio o abundancia. Aunque no existe evidencia científica que respalde que posean propiedades energéticas, su valor simbólico ha...

Salvaje

Síguenos  Pocas casas de moda han construido una identidad tan reconocible como Roberto Cavalli. Desde los años setenta, el diseñador italiano convirtió el animal print, los estampados exuberantes y el glamour mediterráneo en un sello que desafió al minimalismo y...

Cuando entré a mi primer empleo, una de las únicas cosas que disfrutaba era el trayecto hacia la oficina. Vivía en la colonia Roma Norte, así que cada mañana caminaba entre las calles arboladas de la Roma y la Condesa hasta llegar a San Miguel Chapultepec. En el camino hacía una parada obligatoria por un frappé y un muffin de mora azul en Starbucks. En ese momento pensaba que esa era una de las mejores partes de mi rutina, desayunar mientras caminaba, escuchar música y comenzar el día sin prisas. Era una cotidianidad tan agradable que nunca me detuve a pensar que también era un privilegio.

Esa percepción cambió gracias a una compañera de trabajo. Ella todos los días llegaba dos horas antes del horario establecido y de manera puntual a las siete de la mañana, y se iba a las cinco y media de la tarde, una hora antes de que terminara nuestra jornada. Al principio me sorprendía verla salir tan temprano, hasta que un día me comentó el motivo. Vivía en Pachuca y, para llegar a la oficina, tenía que tomar un taxi, una van y el Metro antes de comenzar su jornada laboral. Al terminar el día repetía exactamente el mismo recorrido para volver a casa. Pasaba mínimo dos horas diarias en transporte público con el único objetivo de poder trabajar en la Ciudad de México.

Fue la primera vez que entendí que no todos habitamos la ciudad de la misma manera. Mientras para algunos el trayecto al trabajo puede ser un paseo entre cafeterías y calles tranquilas, para millones de personas significa levantarse de madrugada, encadenar distintos medios de transporte y pasar una parte importante de su vida en movimiento. 

En la serie de televisión Emily in Paris, la protagonista convierte las calles de la capital francesa en una extensión de su guardarropa. Cafeterías encantadoras, oficinas con vistas a la Torre Eiffel y boutiques de lujo sirven como escenario para una historia donde la moda parece existir en cada esquina. La ciudad acompaña a Emily Cooper; casi siempre luce impecable y parece hecha a su medida. La historia de Emily Ávila ocurre a varios kilómetros de distancia y está muy lejos de esa fantasía.

Antes de cualquier sesión de fotos, evento o campaña, toma un Uber, una combi y el Metro para llegar a la Ciudad de México. Entre ida y vuelta invierte alrededor de cinco horas en el trayecto, un recorrido estimado en 100 pesos por viaje y que millones de personas realizan todos los días para trabajar, estudiar o simplemente volver a casa. Ella también forma parte de esa rutina, solo que lo hace completamente vestida de negro, con un look imposible de ignorar y una actitud que convierte cada andén en una pasarela improvisada.

Mientras gran parte del contenido de moda se desarrolla entre hoteles boutique, cafeterías de especialidad o calles perfectamente curadas para Instagram, Emily encontró inspiración en el mismo lugar donde transcurre buena parte de la vida de esta ciudad. Los vagones del Metro, las escaleras interminables y los transbordos dejaron de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en el escenario donde comenzó a construir una comunidad que hoy inspira a miles de personas a vestirse sin pedir permiso.

Detrás de las prendas negras, los lentes oversize y una estética que rompe con cualquier convencionalismo existe una mujer que pasó años aprendiendo a sentirse cómoda dentro de su propia piel. Una niña que soñaba con ser modelo mientras le repetían que nunca lo lograría; una adolescente que aprendió demasiado pronto lo que significaba sentirse distinta y una joven que, con el tiempo, decidió convertir cada una de esas diferencias en el sello que hoy la distingue.

Deviniendo un cisne negro

En la película The Ugly Duckling de Disney (inspirada en el clásico cuento de Hans Christian Andersen), un pequeño cisne pasa buena parte de su infancia creyendo que hay algo malo en él simplemente porque luce diferente al resto. Crece intentando encontrar un lugar donde encajar, sin saber que aquello que los demás consideran un defecto es, en realidad, lo que terminará convirtiéndolo en alguien único.

Aunque Emily nunca se sintió un personaje de cuento, hubo momentos de su infancia en los que también creyó que ser diferente era un problema. Sin embargo, antes de descubrir la moda, antes del negro y mucho antes de las redes sociales, había una característica que ya definía por completo quién era: su amor por los animales.

“Si alguien hubiera conocido a la Emily de ocho años, habría reconocido exactamente la misma pasión que tengo hoy. Desde chiquita recogía todos los animales que encontraba y me los llevaba escondidos a la casa. Mi mamá siempre me decía que ya no podía seguir llevándole más, pero yo no podía evitarlo. Creo que esa parte nunca ha cambiado. Los animales siempre han sido una parte muy importante de mi vida y, de alguna manera, siguen siendo mi lugar seguro”. Esto no es casualidad, ya que, además de dedicarse a crear contenido, ha estudiado Medicina Veterinaria. Su fascinación por la fauna silvestre, especialmente por los grandes felinos, continúa ocupando un espacio importante dentro de sus planes a futuro. Mientras las redes sociales viven uno de sus mejores momentos para ella, todavía imagina un futuro trabajando con animales, demostrando que una persona puede tener más de una vocación a la vez.

Pero mientras esa niña encontraba refugio entre perros, gatos y cualquier criatura que pudiera rescatar, fuera de casa comenzaba a enfrentarse a un mundo que constantemente le recordaba que era distinta.

“Sufrí bullying prácticamente toda mi vida. Me hacían comentarios por mi color de piel, porque no tenía el cuerpo que, según ellos, debía tener o porque simplemente era diferente. En la secundaria casi todas mis amigas eran muy blancas y a ellas les ponían apodos que sonaban bonitos. A mí me empezaron a decir ‘Lady Black’. En ese momento dolía muchísimo porque yo no entendía por qué tenían que hacerme sentir diferente solamente por ser morena”, comenta la egresada de Universidad Autónoma del Estado de México, de manera curiosos sobre ese mismo apodo, creado originalmente para burlarse de ella, y que ahora terminó convirtiéndose en una especie de insignia personal. “Con el tiempo entendí que justamente eso que ellos señalaban era lo que me hacía especial. Ya no veía ‘Lady Black’ como un insulto, sino como algo muy mío. Creo que llega un momento en el que dejas de pelearte con lo que eres y empiezas a abrazarlo. Ahí cambia absolutamente todo”.

Su familia jugó un papel fundamental en ese proceso. Mientras fuera de casa existían comparaciones y comentarios que intentaban encajarla en un estándar imposible, dentro de su hogar encontró un espacio completamente distinto. Sus padres jamás la hicieron sentir que debía cambiar para ser suficiente. “Me siento increíblemente afortunada por la familia que tengo. Nunca me limitaron por cómo me veía ni por las ideas que tenía. Al contrario, siempre me hicieron sentir querida. Cuando afuera escuchas tantas críticas, llegar a un lugar donde simplemente te aman como eres cambia por completo la forma en la que enfrentas el mundo”, nos comenta mientras nos recalca que su plan favorito es quedarse en casa con su familia viendo películas. Aún así, hubo una experiencia que marcó profundamente la manera en que comenzó a percibirse, ya que desde muy pequeña soñaba con ser modelo.

Como muchas niñas de su generación, creció viendo los desfiles de Victoria’s Secret y hojeando revistas donde imaginaba que algún día aparecería frente a una cámara. Sin embargo, ese sueño pareció romperse antes siquiera de comenzar. “Recuerdo perfectamente cuando acompañé a mi hermana a una agencia de modelaje. Me acerqué para preguntar qué necesitaba hacer para convertirme en modelo y prácticamente me dijeron que nunca iba a poder lograrlo porque no era alta, no era suficientemente delgada y, además, no era bonita. Cuando eres niña te crees todo lo que dicen los adultos. Salí convencida de que tenían razón”, nos externa la mujer que sueña con conocer al diseñador estadounidense creador del “porno chic” Tom Ford. Durante mucho tiempo cargó con esas palabras, y fue hasta que, años después, la vida decidió llevarla exactamente al lugar donde le habían dicho que jamás podría estar.

“Mi verdadero glow up empezó cuando acepté que mi belleza nunca iba a parecerse a los estándares europeos porque mi belleza era morena. Dejé de intentar convertirme en algo que no era y empecé a valorar lo que sí tenía. Ahí fue cuando realmente empecé a sentirme bonita”, comenta la hoy protagonista de campañas que posa frente a cámaras para distintas marcas. No porque alguien hubiera cambiado de opinión, sino porque ella dejó de creer que la opinión de los demás debía definir el tamaño de sus sueños. Esa seguridad, sin embargo, todavía tardaría algunos años más en llegar. Porque antes de vestir completamente de negro, Emily todavía tenía que despedirse de una versión de sí misma que ya no le pertenecía.

Realidad, expectativas

Hay escenas que terminan definiendo por completo a un personaje. En Mulan, basta un corte de cabello para entender que la protagonista acaba de dejar atrás la vida que otros habían elegido para ella. No se trata únicamente de cambiar de apariencia; es el momento en el que decide tomar el control de su propia historia. Con Emily ocurrió algo parecido.

Durante años construyó distintas versiones de sí misma. Algunas nacieron por curiosidad y otras, sin darse cuenta, como una respuesta a lo que el mundo esperaba de ella. Cambió de estilos, de maquillaje y de peinados. Probó el maximalismo, las prendas llamativas, las siluetas hipersexualizadas y todo aquello que, en algún momento, creyó que la haría sentir más segura. Sin embargo, detrás de cada outfit seguía existiendo la duda si realmente se estaba vistiendo para ella.

“Durante mucho tiempo pensé que me gustaba verme de cierta manera, pero después entendí que muchas de esas decisiones no nacían de mí. Había cosas que hacía porque era lo que veía en redes sociales, porque era lo que se consideraba atractivo o porque, inconscientemente, quería sentir que encajaba. Cuando empecé a cuestionarme todo eso, me di cuenta de que llevaba años construyendo una versión de Emily que no necesariamente era la que más me hacía feliz”, nos dice mientras recuerda que ese proceso coincidió con uno de los momentos más importantes de su vida personal, ya que comenzó a ir a terapia.

Aunque muchas personas imaginan que la terapia cambia únicamente la manera de pensar, para Emily también transformó la forma en la que se relacionaba con su imagen. Poco a poco dejó de preguntarse cómo quería verse ante los demás y empezó a cuestionarse cómo quería sentirse consigo misma.

“La terapia me ayudó muchísimo a entender por qué tomaba ciertas decisiones. Me hizo darme cuenta de que muchas veces me vestía pensando en la validación masculina o en la aprobación de otras personas. Cuando empecé a sanar, entendí que ya no quería seguir viviendo desde ese lugar. Quería sentirme libre, cómoda y auténtica, aunque eso significara que a algunas personas ya no les gustara mi forma de vestir”, recuerda la amante de las películas de fantasía acción como Anaconda o Cazadores de Sombras. “Siempre digo que antes usaba muchísimas capas y ahora casi no. En ese momento pensaba que simplemente era mi estilo, pero con el tiempo entendí que también era una forma de esconderme. Entre más cosas llevaba encima, menos sentía que la gente estaba viendo realmente quién era. Conforme fui trabajando en mí, esas capas empezaron a desaparecer solas. Nunca fue una decisión consciente. Simplemente un día dejé de necesitarlas”.

En 2007, cuando Britney Spears decidió raparse la cabeza frente a decenas de fotógrafos, el mundo interpretó aquel gesto como un escándalo. Durante años se convirtió en una de las imágenes más reproducidas de la cultura pop, hasta que la propia cantante explicó que, detrás de esa decisión, existía algo mucho más profundo: la necesidad de recuperar el control sobre una imagen que durante demasiado tiempo había pertenecido a los demás. En muchas ocasiones, el cabello deja de ser únicamente una cuestión estética para convertirse en un símbolo de autonomía.

Aunque la historia de Emily pertenece a un contexto completamente distinto, el significado detrás de aquella decisión nació de un lugar muy parecido. Después de años cuestionando las expectativas que existían sobre cómo debía verse una mujer, entendió que el cambio que necesitaba no consistía en encontrar un nuevo estilo, sino en desprenderse de una versión de sí misma que ya no la representaba.

“Nunca lo hice para llamar la atención. Creo que muchas personas pensaron que era un acto de rebeldía o que simplemente quería verme diferente, pero para mí fue algo mucho más personal. Durante mucho tiempo asocié mi feminidad con tener el cabello largo porque eso era lo que siempre nos enseñaban. Raparme fue una forma de demostrarme que mi seguridad no dependía de eso. Quería comprobar que podía sentirme bonita, femenina y completamente yo sin importar el largo de mi pelo. Cuando me vi en el espejo por primera vez sentí una paz que nunca había experimentado. Fue como conocer una versión de mí que siempre había estado ahí, pero que todavía no me atrevía a mostrar”, nos explica como lejos de representar una ruptura con su feminidad, aquel cambio terminó fortaleciéndola. Conforme avanzó en su proceso personal, también comenzó a desaparecer la necesidad de esconderse detrás de capas, accesorios o peinados que funcionaban como una especie de armadura. Por primera vez, su imagen dejó de responder a la mirada de los demás para convertirse en un reflejo honesto de la mujer que estaba construyendo.

En una época en la que las tendencias cambian cada semana y la presión por mantenerse vigente parece interminable, resulta curioso que uno de los cambios más importantes en su vida no haya estado relacionado con la moda, sino con dejar de utilizarla como un escudo.

“Hoy sigo amando la moda exactamente igual que antes, pero la vivo de una manera completamente distinta. Ya no siento la necesidad de impresionar a nadie. Si un outfit me hace feliz, me lo pongo. Si un día quiero salir completamente de negro, lo hago. Y si alguien piensa que me veo ridícula, también está bien. Entendí que no puedo controlar lo que los demás piensen de mí, pero sí puedo decidir cuánto poder le doy a esas opiniones”.

Paradójicamente, fue justo cuando dejó de intentar llamar la atención que comenzó a llamar más la atención que nunca. Su estilo empezó a consolidarse, las personas comenzaron a reconocerla en la calle y las redes sociales encontraron en ella algo que hoy resulta cada vez más difícil de construir: una identidad imposible de confundir con la de alguien más.

Sobre rieles

Durante décadas, el Metro de la Ciudad de México ha sido mucho más que un sistema de transporte. Ahí nacen amistades, comienzan jornadas laborales, se leen libros, se escuchan discos completos y, para millones de personas, transcurre buena parte de su vida. Según cifras del Sistema de Transporte Colectivo, cada día millones de usuarios recorren sus líneas para llegar a la escuela, al trabajo o simplemente regresar a casa. Es un espacio donde conviven todas las edades, profesiones e historias posibles, y Emily forma parte de esa multitud.

Aunque gran parte de su trabajo ocurre en la capital, no vive dentro de ella. Cada proyecto comienza varias horas antes de encender la cámara. Uber, combi, Metro y, muchas veces, otro transporte más antes de llegar a su destino. Un recorrido que, lejos de convertirse en una molestia, terminó formando parte de su identidad como creadora de contenido.

“Entre ir y regresar puedo hacer hasta cinco horas de camino. Mucha gente me pregunta por qué no espero a llegar a un lugar bonito para grabar, pero la realidad es que esa también es mi vida. Yo no quería construir un personaje que pareciera vivir en una ciudad distinta a la que realmente habito. Si todos los días paso por el Metro, ¿por qué fingir que no existe? Sentía que esconder esa parte de mí era esconder también mi historia”, acentúa la menor de una famila pequeña con base en el Estado de México.

“Al principio ni siquiera lo pensaba. Solo sacaba el celular porque era donde estaba. Después empecé a darme cuenta de que la gente conectaba muchísimo con eso. Muchas personas me escribían diciéndome: ‘Yo también hago ese recorrido todos los días’ o ‘Nos cruzamos en esa estación’. Creo que entendieron que detrás del contenido había una persona viviendo exactamente la misma realidad que ellos”, enfatiza de manera paradójica sobre aquello que durante años se presentó como un obstáculo y terminó convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas. El trayecto dejó de ser tiempo perdido para transformarse en un espacio de inspiración, observación y creatividad. Porque el Metro también tiene su propia pasarela y ella la camina con confianza.

Solo que aquí los protagonistas no son modelos profesionales ni celebridades internacionales. Son estudiantes que duermen apoyados en una mochila, personas leyendo mientras esperan el siguiente tren, músicos ambulantes, vendedores, trabajadores que todavía llevan puesto el uniforme de la oficina y mujeres que, como Emily, deciden vestirse exactamente como quieren, aunque sepan que cientos de personas las observarán durante el camino.

“La gente siempre me ve. Ya estoy acostumbrada. Hay personas que se acercan para decirme que les gusta muchísimo cómo voy vestida,así como otras que me sonríen. Obviamente también existen quienes se ríen o hacen comentarios, pero entendí hace mucho tiempo que eso va a pasar sin importar cómo me vista. Entonces prefiero ser completamente yo”, declara la amante de la gastronomía mexicana y japonesa sobre cómo las redes sociales suelen mostrar únicamente el resultado final de una sesión fotográfica. Rara vez enseñan todo lo que ocurre antes de llegar a ese lugar. Emily decidió que ese trayecto también merecía ser contado.

“Nunca quise vender una vida perfecta porque no es la que tengo. Me gusta que la gente vea que también me subo al Metro, que también hago filas, que también llego cansada después de varias horas de camino. Creo que eso hace que todo se sienta mucho más real”. Con el tiempo, también aprendió que ocupar espacio tiene un costo. No solo en internet, donde el anonimato facilita cualquier comentario, sino también en los lugares más cotidianos. “Hay días en los que algún policía me pide que deje de grabar, personas que me toman fotos sin preguntarme o gente que simplemente no entiende por qué voy vestida así. Antes todo eso me intimidaba muchísimo. Hoy pienso que probablemente voy a cruzarme con esas personas durante unos cuantos segundos y después cada quien seguirá con su vida. Ellos se van a olvidar de mí y yo de ellos. Entender eso me dio muchísima tranquilidad”, concluye la mujer que cuenta con una autoestima de hierro gracias a ser regida por el signo de Sagitario, un astro caracterizado por ser optimista, entusiasta, amante de la libertad y buscador incansable de nuevas aventuras y verdades.

Cuando entré a mi primer empleo, una de las únicas cosas que disfrutaba era el trayecto hacia la oficina. Vivía en la colonia Roma Norte, así que cada mañana caminaba entre las calles arboladas de la Roma y la Condesa hasta llegar a San Miguel Chapultepec. En el camino hacía una parada obligatoria por un frappé y un muffin de mora azul en Starbucks. En ese momento pensaba que esa era una de las mejores partes de mi rutina, desayunar mientras caminaba, escuchar música y comenzar el día sin prisas. Era una cotidianidad tan agradable que nunca me detuve a pensar que también era un privilegio.

Esa percepción cambió gracias a una compañera de trabajo. Ella todos los días llegaba dos horas antes del horario establecido y de manera puntual a las siete de la mañana, y se iba a las cinco y media de la tarde, una hora antes de que terminara nuestra jornada. Al principio me sorprendía verla salir tan temprano, hasta que un día me comentó el motivo. Vivía en Pachuca y, para llegar a la oficina, tenía que tomar un taxi, una van y el Metro antes de comenzar su jornada laboral. Al terminar el día repetía exactamente el mismo recorrido para volver a casa. Pasaba mínimo dos horas diarias en transporte público con el único objetivo de poder trabajar en la Ciudad de México.

Fue la primera vez que entendí que no todos habitamos la ciudad de la misma manera. Mientras para algunos el trayecto al trabajo puede ser un paseo entre cafeterías y calles tranquilas, para millones de personas significa levantarse de madrugada, encadenar distintos medios de transporte y pasar una parte importante de su vida en movimiento. 

En la serie de televisión Emily in Paris, la protagonista convierte las calles de la capital francesa en una extensión de su guardarropa. Cafeterías encantadoras, oficinas con vistas a la Torre Eiffel y boutiques de lujo sirven como escenario para una historia donde la moda parece existir en cada esquina. La ciudad acompaña a Emily Cooper; casi siempre luce impecable y parece hecha a su medida. La historia de Emily Ávila ocurre a varios kilómetros de distancia y está muy lejos de esa fantasía.

Antes de cualquier sesión de fotos, evento o campaña, toma un Uber, una combi y el Metro para llegar a la Ciudad de México. Entre ida y vuelta invierte alrededor de cinco horas en el trayecto, un recorrido estimado en 100 pesos por viaje y que millones de personas realizan todos los días para trabajar, estudiar o simplemente volver a casa. Ella también forma parte de esa rutina, solo que lo hace completamente vestida de negro, con un look imposible de ignorar y una actitud que convierte cada andén en una pasarela improvisada.

Mientras gran parte del contenido de moda se desarrolla entre hoteles boutique, cafeterías de especialidad o calles perfectamente curadas para Instagram, Emily encontró inspiración en el mismo lugar donde transcurre buena parte de la vida de esta ciudad. Los vagones del Metro, las escaleras interminables y los transbordos dejaron de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en el escenario donde comenzó a construir una comunidad que hoy inspira a miles de personas a vestirse sin pedir permiso.

Detrás de las prendas negras, los lentes oversize y una estética que rompe con cualquier convencionalismo existe una mujer que pasó años aprendiendo a sentirse cómoda dentro de su propia piel. Una niña que soñaba con ser modelo mientras le repetían que nunca lo lograría; una adolescente que aprendió demasiado pronto lo que significaba sentirse distinta y una joven que, con el tiempo, decidió convertir cada una de esas diferencias en el sello que hoy la distingue.

Deviniendo un cisne negro

En la película The Ugly Duckling de Disney (inspirada en el clásico cuento de Hans Christian Andersen), un pequeño cisne pasa buena parte de su infancia creyendo que hay algo malo en él simplemente porque luce diferente al resto. Crece intentando encontrar un lugar donde encajar, sin saber que aquello que los demás consideran un defecto es, en realidad, lo que terminará convirtiéndolo en alguien único.

Aunque Emily nunca se sintió un personaje de cuento, hubo momentos de su infancia en los que también creyó que ser diferente era un problema. Sin embargo, antes de descubrir la moda, antes del negro y mucho antes de las redes sociales, había una característica que ya definía por completo quién era: su amor por los animales.

“Si alguien hubiera conocido a la Emily de ocho años, habría reconocido exactamente la misma pasión que tengo hoy. Desde chiquita recogía todos los animales que encontraba y me los llevaba escondidos a la casa. Mi mamá siempre me decía que ya no podía seguir llevándole más, pero yo no podía evitarlo. Creo que esa parte nunca ha cambiado. Los animales siempre han sido una parte muy importante de mi vida y, de alguna manera, siguen siendo mi lugar seguro”. Esto no es casualidad, ya que, además de dedicarse a crear contenido, ha estudiado Medicina Veterinaria. Su fascinación por la fauna silvestre, especialmente por los grandes felinos, continúa ocupando un espacio importante dentro de sus planes a futuro. Mientras las redes sociales viven uno de sus mejores momentos para ella, todavía imagina un futuro trabajando con animales, demostrando que una persona puede tener más de una vocación a la vez.

Pero mientras esa niña encontraba refugio entre perros, gatos y cualquier criatura que pudiera rescatar, fuera de casa comenzaba a enfrentarse a un mundo que constantemente le recordaba que era distinta.

“Sufrí bullying prácticamente toda mi vida. Me hacían comentarios por mi color de piel, porque no tenía el cuerpo que, según ellos, debía tener o porque simplemente era diferente. En la secundaria casi todas mis amigas eran muy blancas y a ellas les ponían apodos que sonaban bonitos. A mí me empezaron a decir ‘Lady Black’. En ese momento dolía muchísimo porque yo no entendía por qué tenían que hacerme sentir diferente solamente por ser morena”, comenta la egresada de Universidad Autónoma del Estado de México, de manera curiosos sobre ese mismo apodo, creado originalmente para burlarse de ella, y que ahora terminó convirtiéndose en una especie de insignia personal. “Con el tiempo entendí que justamente eso que ellos señalaban era lo que me hacía especial. Ya no veía ‘Lady Black’ como un insulto, sino como algo muy mío. Creo que llega un momento en el que dejas de pelearte con lo que eres y empiezas a abrazarlo. Ahí cambia absolutamente todo”.

Su familia jugó un papel fundamental en ese proceso. Mientras fuera de casa existían comparaciones y comentarios que intentaban encajarla en un estándar imposible, dentro de su hogar encontró un espacio completamente distinto. Sus padres jamás la hicieron sentir que debía cambiar para ser suficiente. “Me siento increíblemente afortunada por la familia que tengo. Nunca me limitaron por cómo me veía ni por las ideas que tenía. Al contrario, siempre me hicieron sentir querida. Cuando afuera escuchas tantas críticas, llegar a un lugar donde simplemente te aman como eres cambia por completo la forma en la que enfrentas el mundo”, nos comenta mientras nos recalca que su plan favorito es quedarse en casa con su familia viendo películas. Aún así, hubo una experiencia que marcó profundamente la manera en que comenzó a percibirse, ya que desde muy pequeña soñaba con ser modelo.

Como muchas niñas de su generación, creció viendo los desfiles de Victoria’s Secret y hojeando revistas donde imaginaba que algún día aparecería frente a una cámara. Sin embargo, ese sueño pareció romperse antes siquiera de comenzar. “Recuerdo perfectamente cuando acompañé a mi hermana a una agencia de modelaje. Me acerqué para preguntar qué necesitaba hacer para convertirme en modelo y prácticamente me dijeron que nunca iba a poder lograrlo porque no era alta, no era suficientemente delgada y, además, no era bonita. Cuando eres niña te crees todo lo que dicen los adultos. Salí convencida de que tenían razón”, nos externa la mujer que sueña con conocer al diseñador estadounidense creador del “porno chic” Tom Ford. Durante mucho tiempo cargó con esas palabras, y fue hasta que, años después, la vida decidió llevarla exactamente al lugar donde le habían dicho que jamás podría estar.

“Mi verdadero glow up empezó cuando acepté que mi belleza nunca iba a parecerse a los estándares europeos porque mi belleza era morena. Dejé de intentar convertirme en algo que no era y empecé a valorar lo que sí tenía. Ahí fue cuando realmente empecé a sentirme bonita”, comenta la hoy protagonista de campañas que posa frente a cámaras para distintas marcas. No porque alguien hubiera cambiado de opinión, sino porque ella dejó de creer que la opinión de los demás debía definir el tamaño de sus sueños. Esa seguridad, sin embargo, todavía tardaría algunos años más en llegar. Porque antes de vestir completamente de negro, Emily todavía tenía que despedirse de una versión de sí misma que ya no le pertenecía.

Realidad, expectativas

Hay escenas que terminan definiendo por completo a un personaje. En Mulan, basta un corte de cabello para entender que la protagonista acaba de dejar atrás la vida que otros habían elegido para ella. No se trata únicamente de cambiar de apariencia; es el momento en el que decide tomar el control de su propia historia. Con Emily ocurrió algo parecido.

Durante años construyó distintas versiones de sí misma. Algunas nacieron por curiosidad y otras, sin darse cuenta, como una respuesta a lo que el mundo esperaba de ella. Cambió de estilos, de maquillaje y de peinados. Probó el maximalismo, las prendas llamativas, las siluetas hipersexualizadas y todo aquello que, en algún momento, creyó que la haría sentir más segura. Sin embargo, detrás de cada outfit seguía existiendo la duda si realmente se estaba vistiendo para ella.

“Durante mucho tiempo pensé que me gustaba verme de cierta manera, pero después entendí que muchas de esas decisiones no nacían de mí. Había cosas que hacía porque era lo que veía en redes sociales, porque era lo que se consideraba atractivo o porque, inconscientemente, quería sentir que encajaba. Cuando empecé a cuestionarme todo eso, me di cuenta de que llevaba años construyendo una versión de Emily que no necesariamente era la que más me hacía feliz”, nos dice mientras recuerda que ese proceso coincidió con uno de los momentos más importantes de su vida personal, ya que comenzó a ir a terapia.

Aunque muchas personas imaginan que la terapia cambia únicamente la manera de pensar, para Emily también transformó la forma en la que se relacionaba con su imagen. Poco a poco dejó de preguntarse cómo quería verse ante los demás y empezó a cuestionarse cómo quería sentirse consigo misma.

“La terapia me ayudó muchísimo a entender por qué tomaba ciertas decisiones. Me hizo darme cuenta de que muchas veces me vestía pensando en la validación masculina o en la aprobación de otras personas. Cuando empecé a sanar, entendí que ya no quería seguir viviendo desde ese lugar. Quería sentirme libre, cómoda y auténtica, aunque eso significara que a algunas personas ya no les gustara mi forma de vestir”, recuerda la amante de las películas de fantasía acción como Anaconda o Cazadores de Sombras. “Siempre digo que antes usaba muchísimas capas y ahora casi no. En ese momento pensaba que simplemente era mi estilo, pero con el tiempo entendí que también era una forma de esconderme. Entre más cosas llevaba encima, menos sentía que la gente estaba viendo realmente quién era. Conforme fui trabajando en mí, esas capas empezaron a desaparecer solas. Nunca fue una decisión consciente. Simplemente un día dejé de necesitarlas”.

En 2007, cuando Britney Spears decidió raparse la cabeza frente a decenas de fotógrafos, el mundo interpretó aquel gesto como un escándalo. Durante años se convirtió en una de las imágenes más reproducidas de la cultura pop, hasta que la propia cantante explicó que, detrás de esa decisión, existía algo mucho más profundo: la necesidad de recuperar el control sobre una imagen que durante demasiado tiempo había pertenecido a los demás. En muchas ocasiones, el cabello deja de ser únicamente una cuestión estética para convertirse en un símbolo de autonomía.

Aunque la historia de Emily pertenece a un contexto completamente distinto, el significado detrás de aquella decisión nació de un lugar muy parecido. Después de años cuestionando las expectativas que existían sobre cómo debía verse una mujer, entendió que el cambio que necesitaba no consistía en encontrar un nuevo estilo, sino en desprenderse de una versión de sí misma que ya no la representaba.

“Nunca lo hice para llamar la atención. Creo que muchas personas pensaron que era un acto de rebeldía o que simplemente quería verme diferente, pero para mí fue algo mucho más personal. Durante mucho tiempo asocié mi feminidad con tener el cabello largo porque eso era lo que siempre nos enseñaban. Raparme fue una forma de demostrarme que mi seguridad no dependía de eso. Quería comprobar que podía sentirme bonita, femenina y completamente yo sin importar el largo de mi pelo. Cuando me vi en el espejo por primera vez sentí una paz que nunca había experimentado. Fue como conocer una versión de mí que siempre había estado ahí, pero que todavía no me atrevía a mostrar”, nos explica como lejos de representar una ruptura con su feminidad, aquel cambio terminó fortaleciéndola. Conforme avanzó en su proceso personal, también comenzó a desaparecer la necesidad de esconderse detrás de capas, accesorios o peinados que funcionaban como una especie de armadura. Por primera vez, su imagen dejó de responder a la mirada de los demás para convertirse en un reflejo honesto de la mujer que estaba construyendo.

En una época en la que las tendencias cambian cada semana y la presión por mantenerse vigente parece interminable, resulta curioso que uno de los cambios más importantes en su vida no haya estado relacionado con la moda, sino con dejar de utilizarla como un escudo.

“Hoy sigo amando la moda exactamente igual que antes, pero la vivo de una manera completamente distinta. Ya no siento la necesidad de impresionar a nadie. Si un outfit me hace feliz, me lo pongo. Si un día quiero salir completamente de negro, lo hago. Y si alguien piensa que me veo ridícula, también está bien. Entendí que no puedo controlar lo que los demás piensen de mí, pero sí puedo decidir cuánto poder le doy a esas opiniones”.

Paradójicamente, fue justo cuando dejó de intentar llamar la atención que comenzó a llamar más la atención que nunca. Su estilo empezó a consolidarse, las personas comenzaron a reconocerla en la calle y las redes sociales encontraron en ella algo que hoy resulta cada vez más difícil de construir: una identidad imposible de confundir con la de alguien más.

Sobre rieles

Durante décadas, el Metro de la Ciudad de México ha sido mucho más que un sistema de transporte. Ahí nacen amistades, comienzan jornadas laborales, se leen libros, se escuchan discos completos y, para millones de personas, transcurre buena parte de su vida. Según cifras del Sistema de Transporte Colectivo, cada día millones de usuarios recorren sus líneas para llegar a la escuela, al trabajo o simplemente regresar a casa. Es un espacio donde conviven todas las edades, profesiones e historias posibles, y Emily forma parte de esa multitud.

Aunque gran parte de su trabajo ocurre en la capital, no vive dentro de ella. Cada proyecto comienza varias horas antes de encender la cámara. Uber, combi, Metro y, muchas veces, otro transporte más antes de llegar a su destino. Un recorrido que, lejos de convertirse en una molestia, terminó formando parte de su identidad como creadora de contenido.

“Entre ir y regresar puedo hacer hasta cinco horas de camino. Mucha gente me pregunta por qué no espero a llegar a un lugar bonito para grabar, pero la realidad es que esa también es mi vida. Yo no quería construir un personaje que pareciera vivir en una ciudad distinta a la que realmente habito. Si todos los días paso por el Metro, ¿por qué fingir que no existe? Sentía que esconder esa parte de mí era esconder también mi historia”, acentúa la menor de una famila pequeña con base en el Estado de México.

“Al principio ni siquiera lo pensaba. Solo sacaba el celular porque era donde estaba. Después empecé a darme cuenta de que la gente conectaba muchísimo con eso. Muchas personas me escribían diciéndome: ‘Yo también hago ese recorrido todos los días’ o ‘Nos cruzamos en esa estación’. Creo que entendieron que detrás del contenido había una persona viviendo exactamente la misma realidad que ellos”, enfatiza de manera paradójica sobre aquello que durante años se presentó como un obstáculo y terminó convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas. El trayecto dejó de ser tiempo perdido para transformarse en un espacio de inspiración, observación y creatividad. Porque el Metro también tiene su propia pasarela y ella la camina con confianza.

Solo que aquí los protagonistas no son modelos profesionales ni celebridades internacionales. Son estudiantes que duermen apoyados en una mochila, personas leyendo mientras esperan el siguiente tren, músicos ambulantes, vendedores, trabajadores que todavía llevan puesto el uniforme de la oficina y mujeres que, como Emily, deciden vestirse exactamente como quieren, aunque sepan que cientos de personas las observarán durante el camino.

“La gente siempre me ve. Ya estoy acostumbrada. Hay personas que se acercan para decirme que les gusta muchísimo cómo voy vestida,así como otras que me sonríen. Obviamente también existen quienes se ríen o hacen comentarios, pero entendí hace mucho tiempo que eso va a pasar sin importar cómo me vista. Entonces prefiero ser completamente yo”, declara la amante de la gastronomía mexicana y japonesa sobre cómo las redes sociales suelen mostrar únicamente el resultado final de una sesión fotográfica. Rara vez enseñan todo lo que ocurre antes de llegar a ese lugar. Emily decidió que ese trayecto también merecía ser contado.

“Nunca quise vender una vida perfecta porque no es la que tengo. Me gusta que la gente vea que también me subo al Metro, que también hago filas, que también llego cansada después de varias horas de camino. Creo que eso hace que todo se sienta mucho más real”. Con el tiempo, también aprendió que ocupar espacio tiene un costo. No solo en internet, donde el anonimato facilita cualquier comentario, sino también en los lugares más cotidianos. “Hay días en los que algún policía me pide que deje de grabar, personas que me toman fotos sin preguntarme o gente que simplemente no entiende por qué voy vestida así. Antes todo eso me intimidaba muchísimo. Hoy pienso que probablemente voy a cruzarme con esas personas durante unos cuantos segundos y después cada quien seguirá con su vida. Ellos se van a olvidar de mí y yo de ellos. Entender eso me dio muchísima tranquilidad”, concluye la mujer que cuenta con una autoestima de hierro gracias a ser regida por el signo de Sagitario, un astro caracterizado por ser optimista, entusiasta, amante de la libertad y buscador incansable de nuevas aventuras y verdades.